Los niños, y mucho menos los animales, nunca entenderán por qué no tenemos tiempo para jugar, qué puede haber de tanta importancia, más importante que el juego. Las miradas de incredulidad y la sonrisa apenas disimulada, así lo demuestran. El resto del mundo no son sino unos locos laboriosos, a lo sumo algo divertidos o ridículos, siempre ocupados en cosas aburridas, que no llevan a ninguna parte. Cuando algún día lo comprendan, estarán perdidos, ya no habrá nada qué hacer, el mundo dejará de ser un lugar para jugar, una ocasión, y los otros, compañeros de juego. En cambio, la falta de comprensión radical de los animales, imbuidos de lo perceptivo hasta un grado que la especie humana jamás podrá alcanzar, representa su tabla de salvación. Al no comprender en absoluto, no hay nada en la tierra que los pueda condenar; su muerte nunca implica una rendición, una conciencia sometida, viven y mueren libres, incluso en las peores condiciones de cautividad, porque no interiorizan la situación en la que se encuentran, exterioridad pródiga o aniquiladora. El hombre es el único animal esclavo.
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III
Está lloviendo; pero a quién le asusta la lluvia. Un niño baja las escaleras, con el paraguas en la mano, y canta los días de la semana a medida que pisa los escalones. Un paso abajo, "¡Miércoles!", otro paso, "¡Jueves!", se para un momento, aparenta indecisión, mientras mira de reojo a su madre..., uno más, "¡Viernes!", así hasta saltar con los dos pies juntos en el último peldaño, meta final, y gritar con todas sus fuerzas: "¡Domingo!". Niño entre tantos, dios en los albores de la creación, que juega con las palabras como si fueran cosas y con las cosas como si fueran palabras, conjunción mágica de lo real y lo ideal, del deseo y la realidad, varita mágica que traza imágenes en el aire, envuelta en polvo de estrellas. Visión del mundo preadánica en la que es imposible discernir si la existencia del escalón prefigura la emisión de la palabra o el canto repetitivo conmima, sirve de conjuro para la eclosión del espacio, el despliegue de la escalera. Espacio y tiempo forman un todo, un sueño, un espejismo real que la voz del niño organiza a su antojo, al ritmo de las gotas de agua que caen del cielo, húmedas.
II
Llamar "infantil" a un niño con tono despreciativo, es lo mismo que llamar "animal" a un perro, con ánimo de tenerlo en poca estima. Es una afirmación como mínimo superflua, si no síntoma de algo mucho peor; por un lado es evidente que lo es, por otro, sólo indica la perspectiva distorsionada con la que se contempla un fenómeno, la irritación, el gusano de la consciencia que roe el alma y no soporta la dicha ajena, el estallido de la vida. Además, no hay nada más serio y menos infantil que un niño jugando; la extrema concentración, el cuidado con que despliega y prepara el escenario de una batalla durante horas, la disposición de los elementos, el uso constante de la figuración para crear realidad a partir de la nada, para conjurar lo que no existe y darle existencia, la animación imbuida a todas las cosas, el aprovechamiento imaginativo de cualquier material, director y actor partícipe del evento que diseña, invención de un papel disperso en mil caracterizaciones, (video)juego materializado delante de sus ojos, mundo que cobra vida. El niño es un creador de mundos y todo aquel que crea mundos es niño que juega; aunque a diferencia del hacedor de una u otra religión, es un creador que ríe, todavía sabe reír, y se toma cada creación como un juego, una recreación en la que participa con entusiasmo, alborozado. Nada está escrito en la mente de un niño; la risa sólo es la consecuencia de esta liberación.
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I
Según algunas teorías psicológicas, el infantilismo psíquico es la persistencia del comportamiento y la ideación infantil en la vida adulta; el conjunto de la personalidad mantendría rasgos infantiles, como una elevada capacidad de adaptación y una notoria dependencia. Quizás algunos investigadores deberían tener más cuidado con sus afirmaciones, prestar atención cuando pasan delante de un espejo, para no confundir la imagen con el objeto de análisis, pues la caracterización anterior define en mucho más alto grado al adulto, incluidos ellos mismos, que al niño. El retrato ideal del individuo inserto en el mundo social y laboral, incluso valorado como una cualidad positiva, con un amplio consenso, ES la adaptabilidad y la falta de independencia, el acatamiento de normas y órdenes variables, incluso la habilidad en interpretar los mensajes que llegan de arriba y resuenan abajo, la obediencia, en fin, como virtud. Para lo que importa, la INFANCIA supone una experiencia y visión del mundo mucho más independiente, esto es, libre de tópicos, y poco adaptable y amante de los compromisos, insobornable ante situaciones, explicaciones que encuentra absurdas, que la de la mayoría de los convencidos de no ser ya unos niños, aun siéndolo de forma inevitable. El in-fante es a la vez muy difícil y fácil de traer a la imaginación, tan sólo se necesita despojarse de todo, en especial de la palabra: SER es IMAGINAR.
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