La manera de hablar de las cosas siempre es importante, baña los cuerpos con una suave capa de sentido que penetra por los poros. La madre pronuncia el nombre descriptivo de cada masaje mientras posa sus manos con delicadeza sobre el bebé. Es como una ceremonia sin necesidad de altar. El Sol y la Luna es un movimiento semicircular, sobre la barriga, primero con una mano hacia la izquierda y después con la otra hacia la derecha, simulando la alternancia de la noche y el día, junto con su forma esférica; la Noria es un movimiento ascendente de una mano tras otra, desde el ombligo hacia arriba, con el canto de la mano, a modo de vagonetas que ascienden a la cumbre. El bebé se deja hacer embelesado. Es la unión perfecta y gozosa de la palabra y el cuerpo. Todavía no puede ver con claridad; apenas sigue con la mirada los movimientos. Vive envuelto en una nebulosa de sensaciones, de contornos difusos y sonidos superpuestos. Magma sensorial en el que empieza a distinguir, hace su aparición una figura cada vez con mayor claridad, más nítida, como si asistiera a la creación del mundo por segunda vez desde que abandonó el interior. El bebé de repente VE a su madre como si sus presentimientos se confirmaran, su pensamiento se hubiera materializado milagrosamente, cobrara vida; ha tenido una idea desde que vino al mundo, no podía pensar en otra cosa, y ahora, al fin, la puede ver son sus propios ojos. Madre, estás ahí. Todas sus plegarias habían sido escuchadas desde la oscuridad del útero materno, no habían sido en vano. Era real. Esto debe ser la felicidad; da gracias por estar en este mundo. La esperanza es un hecho. El mundo seguirá teniendo sentido, pase lo que pase, mientras quede una sola madre mirando con ternura a sus hijos.
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XIII
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III
Está lloviendo; pero a quién le asusta la lluvia. Un niño baja las escaleras, con el paraguas en la mano, y canta los días de la semana a medida que pisa los escalones. Un paso abajo, "¡Miércoles!", otro paso, "¡Jueves!", se para un momento, aparenta indecisión, mientras mira de reojo a su madre..., uno más, "¡Viernes!", así hasta saltar con los dos pies juntos en el último peldaño, meta final, y gritar con todas sus fuerzas: "¡Domingo!". Niño entre tantos, dios en los albores de la creación, que juega con las palabras como si fueran cosas y con las cosas como si fueran palabras, conjunción mágica de lo real y lo ideal, del deseo y la realidad, varita mágica que traza imágenes en el aire, envuelta en polvo de estrellas. Visión del mundo preadánica en la que es imposible discernir si la existencia del escalón prefigura la emisión de la palabra o el canto repetitivo conmima, sirve de conjuro para la eclosión del espacio, el despliegue de la escalera. Espacio y tiempo forman un todo, un sueño, un espejismo real que la voz del niño organiza a su antojo, al ritmo de las gotas de agua que caen del cielo, húmedas.