Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas

IX

Todavía no había amanecido. El despertador sonó con un rumor sordo debajo de la almohada, como el zumbido de un insecto atrapado. A. se levantó de la cama en silencio, descalza, para no despertar a  su hermano pequeño. Recordó las palabras de su madre. Las niñas pequeñas no deben andar solas por la casa de noche. La primera vez fue por casualidad, no podía dormir y se levantó; después tenía que saber por qué, cuál era el motivo de esta advertencia. El suelo un poco frío le resultaba agradable. Se acercó al cuarto de sus padres para ver cómo dormían; estaban tranquilos, se podía oír su respiración, a veces acompasada, pensó que no eran diferentes a ella, niños grandes que dormían como todos. El sueño era su refugio; aunque también sabía que estaba lleno de peligros, recordaba las pesadillas. Siguió adelante hasta una ventana, al final del corredor, por la que entraba la tibia luz de la luna. La oscuridad no era una molestia, al contrario, veía los objetos con una claridad fantasmal, de absoluta nitidez, las líneas se dibujaban en el espacio en cuadros de grises superpuestos. Abrió ligeramente la ventana. Cerró los ojos. Sólo quería notar lo que había fuera, sentirlo sin verlo; la suave brisa acarició sus mejilas, movió sus cabellos rizados. Comprendió que afuera había otro mundo; todos dormían para olvidarlo, los vecinos, papá, mamá, su hermano. No les interesaba. Vivían con el horario que marcaba el sol. Era mejor estar despierto de día; la noche sólo era un trámite a pasar lo antes posible. Pero A. prefería la noche, durante el reinado de la pálida luna había un mundo sólo para ella, que nadie más conocía, y las cosas estaban tan cerca como quería. Era una lunática.

VII

La infancia se sitúa en la encrucijada de lo extraño y lo familiar, entre la atracción por lo desconocido y la seguridad de lo conocido, pugna desigual, pues la atmósfera reinante se decanta por un lado de forma visible, hasta que el tiempo decanta las cosas y la función asociada a este estado inestable se colapsa en un sentido u otro, que en su exponente más radical supone o bien la exclusión social o bien la integración sin fisuras. "No hables con extraños" es la fórmula que rubrica esta desconfianza y facilita la construcción de un entorno familiar cerrado e impermeable a las influencias externas, y por extensión, a modo de círculos concéntricos, de toda la sociedad, capa a capa, nivel a nivel, que no impide el recurso a lo desconocido como fuerza auxiliar de contención. Esta ambigüedad de la categoría de lo extraño, en el fondo de lo incategorizable, hace que a la vez permanezca oculto, apartado de la vida cotidiana, pero presente como una amenaza potencial útil en caso necesario. La madre, cansada de intentar que su hija pequeña se esté quieta, le dice como último recurso, señalando a un desconocido: "Mira, este señor vigila a los niños que se portan mal". La atracción de lo desconocido, la fuerza incontrolable que lleva al lugar de todos los secretos, como conciliación del sueño y el deseo, se transforma en su negativo, adopta los tintes del peligro, la valoración moral de malo y actúa en un mismo movimiento de zona de contención y zona peligrosa, prohibido pasar.